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Y BIEN QUE SE PERDIERON

 

Creo que el chiste de Mel que encabeza esta entrada es suficientemente ilustrativo de cómo me quedé después de ver los dos capítulos finales seguidos.

 

La verdad es que pillé la serie tarde, sobre la tercera temporada. Los capítulos que vi sueltos de la primera temporada los recordaba como una serie de náufragos, con misterios para ir enganchando al personal. Y sobre todo, que para ir de A a B, se pasaba antes por toooodo el abecedario. La serie evolucionó y de la estructura de narración con flashbacks y transfondo de aventuras fue entrando en los terrenos de la ciencia ficción, con viajes en el tiempo y conspiparanoias varias, a mi gusto los mejores capítulos sin duda.

 

Pero, ay la sexta y última temporada, se contagió del síndrome Battlestar Galactica, una serie cojonuda de ciencia ficción que terminó en un desvarío metafísico y religioso de mucho cuidado. Es un viejo truco para salir del paso de tanto misterio que se había acumulado y sobre el que era imposible dar una explicación más o menos lógica en las reglas de juego establecidas entre los creadores y nosotros, los espectadores.

 

A partir de aquí, destripes de la trama. La cosa ya empezó mal, con nuevas tramas innecesarios y un nuevo templo en medio de la selva (por las barbas de Lenin, yo vivo en una isla, ¿cómo se les pudo pasar algo así después de cinco años pateándosela arriba y abajo). Luego resulta que todo es el pique entre dos hermanos y su madre asesina. Y al final, todo se trata de ver que pasa si se quita un tapón gigante en el centro de la isla (pues que la luz se va, vaya que no hay que ser muy listo, se ve que no aprendieron nada del famoso botón que había que pulsar cada 108 minutos de la segunda temporada). Jack salva el día y se muere, hay una reunión de casi todos en una iglesia con símbolos de las religiones principales (¿y los ateos?) y cada oveja con su pareja, excepto la oveja negra que se queda solo. Por pura estadística, entre tanta peña, debería haber algún gay o lesbiana… pero nada.

 

En fin, para quitar el mal sabor de boca, os recomiendo una serie que no se toma tanto en serio, que no va de revolucionaria (de hecho existe desde los años sesenta) y que es pura delicia de ciencia ficción británica: Doctor Who.

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